Me he levantado después de dormir unas diez horas, aunque aquí aun sean las 6:30, para escribir una carta. He encendido el portátil y he abierto el editor, pero entonces he recordado que prometí que la primera carta que escribiría sería para ti.
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Hace ya muchos días que ideé y planeé esta carta y su contenido, pero las obligaciones de las últimas semanas en Mataró me impidieron sentarme a escribirla, como me hubiera gustado, de mi puño y letra. Así que sobre la marcha, tendremos que ir desgranando de nuevo las ideas, y vistiéndolas con ilusión, como si se tratase de su primer día de escuela.
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Como con tus primos, no hablaré para que me entiendas hoy, sino guardando palabras en un jardín que espero que descubras, por ti misma, algún día. No creas, sin embargo, que ese jardín, Carlota, contiene verdad alguna, sólo encontraras los buenos deseos para ti de tu tío, porque aunque la persigo y la perseguiré, aunque sé que existe, la verdad, sé a ciencia cierta que no la llegaré a conocer nunca. ¡Caramba! Esa derrota de ante mano puede parecerte espeluznante, pero en realidad es maravillosa, y aunque no lo creas, se llama libertad.
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Tío Braulio, dice que la verdad no existe, pero yo sé bien que eso no es cierto. ¡Existe! ¡Y tanto que existe! Lo único que es una cosa demasiado grande como para que nosotros lleguemos a entenderla, tan grande que está escondida en la singularidad más honda de todas las cosas, incluidos nosotros mismos. Tendríamos que dejar de ser para observarla, y verla como el todo que es, y eso, ahora mismo, no nos conviene mucho [¡qué pésimo chascarrillo!].
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Pero tío no va errado del todo. Él lo que realmente quiere decir que es ningún hombre posee la verdad. Y en eso, aunque con matices de carácter práctico, tiene toda la razón. Los hombres son verdad, pero no la poseen, como tampoco se poseen a sí mismos. ¡Vaya contradicción! Primero te hablo de libertad, y ahora te digo que no nos poseemos ni a nosotros mismos [porque no nos conocemos del todo a nosotros mismos].
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Sí, es una paradoja preciosa, ¿no crees? Es la paradoja que más me hace sonreír últimamente. Con otras palabras traté de hablarle de ella a Teià el otro día, pero utilizando la ternura como fibra del espacio–tiempo. A ti, en cambio, te hablaré de ella utilizando las palabras de un astrofísico, Simon White, que leí ayer en La Contra de la Vanguardia:
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“Siempre me fascinó la manera en que el universo obedece a las matemáticas: Newton idea una breve fórmula y, con ella, explica cómo se mueven los planetas: algo que a Kepler le llevó toda una vida observar. Einstein describió el universo matemáticamente, pero se enfadaba porque no acababa de encajar... Hasta que Hubble evidenció que estaba en expansión y, entonces, Einstein apreció que no acababa de encajar porque nunca era igual a sí mismo. Las matemáticas no se habían equivocado nunca.”
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Las matemáticas existen, la estructura y las ideas, son; pero como se despliegan, como se ‘expanden’ es el jardín mágico donde se ubica nuestra libertad, y te garantizo que es un jardín precioso porque allí, podemos pintar y crear aprovechando el olvido que nos distancia del lugar de dónde venimos, pero también haciendo uso del recuerdo de lo que somos. ¡Sí! También ese desplegarse es parte de la esencia de esas matemáticas, estos es, nuestra vida, es verdad, una gran verdad, la distancia infinita entre el olvido y el recuerdo.
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¡Ay! Carlota, vamos a dejarlo ya por hoy. He escrito un montón de cosas sobre las que sé muy poquito, y ahora me sonrojo. Esos pensamientos míos están aún muy, muy verdes. No, son del todo inútiles, no obstante. Mientras te describía mis inquietudes actuales, he recordado cuáles eran las cosas que inicialmente había planeado para esta carta.
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Distancia es una palabra que ha aparecido varias veces a lo largo de esta carta. Aparece, porque es uno de los puntos sobre los que se inician mis reflexiones. Distancia es un concepto matemático que da mucho juego, pero también es un símbolo muy bonito de las diferencias entre lo que creemos y lo que sabemos. Distancia, a veces, me parece un símbolo precioso de pregunta.
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Y de una pregunta y de distancia como sinónimo de pregunta, quería yo hablarte. Porque cuando escribí mentalmente esta carta, ya sabía que me iba, sabría que iba a pasar unos meses a muchos quilómetros de ti, y quise entonces decirte, que no te dejes guiar por los convenios. Hazte preguntas, abre y cierra distancias, pero de las reales, no de las de kilómetros. Es cierto que nos separan unos muy muchos kilómetros, pero la distancia entre tú y yo es, no lo dudes, bien chiquita. Nos unen el amor y el cariño, que como tu padre y tu padre, te enseñaran, va mucho más allá de la sangre. Pero también esa distancia ábrela y ciérrala. La sangre, nos pone en contacto, pero somos nosotros al desplegar libremente, ese camino del que te hablaba antes, le damos significado, los que hacemos que cobre sentido. Entiendo eso, llegarás a querer y a sentirte mucho más cerca de los tuyos.
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En esas ando yo aquí sumergido. Aquí vengo, viajando a lomos de mis verbos, para acercarte hasta ti todo mi cariño. Espero pues, que esta sea la primera de muchas cartas y conversaciones entre ambos.
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Un beso de tu tío,
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David
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Pd: ¡cuida de tus papás!
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Hace ya muchos días que ideé y planeé esta carta y su contenido, pero las obligaciones de las últimas semanas en Mataró me impidieron sentarme a escribirla, como me hubiera gustado, de mi puño y letra. Así que sobre la marcha, tendremos que ir desgranando de nuevo las ideas, y vistiéndolas con ilusión, como si se tratase de su primer día de escuela.
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Como con tus primos, no hablaré para que me entiendas hoy, sino guardando palabras en un jardín que espero que descubras, por ti misma, algún día. No creas, sin embargo, que ese jardín, Carlota, contiene verdad alguna, sólo encontraras los buenos deseos para ti de tu tío, porque aunque la persigo y la perseguiré, aunque sé que existe, la verdad, sé a ciencia cierta que no la llegaré a conocer nunca. ¡Caramba! Esa derrota de ante mano puede parecerte espeluznante, pero en realidad es maravillosa, y aunque no lo creas, se llama libertad.
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Tío Braulio, dice que la verdad no existe, pero yo sé bien que eso no es cierto. ¡Existe! ¡Y tanto que existe! Lo único que es una cosa demasiado grande como para que nosotros lleguemos a entenderla, tan grande que está escondida en la singularidad más honda de todas las cosas, incluidos nosotros mismos. Tendríamos que dejar de ser para observarla, y verla como el todo que es, y eso, ahora mismo, no nos conviene mucho [¡qué pésimo chascarrillo!].
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Pero tío no va errado del todo. Él lo que realmente quiere decir que es ningún hombre posee la verdad. Y en eso, aunque con matices de carácter práctico, tiene toda la razón. Los hombres son verdad, pero no la poseen, como tampoco se poseen a sí mismos. ¡Vaya contradicción! Primero te hablo de libertad, y ahora te digo que no nos poseemos ni a nosotros mismos [porque no nos conocemos del todo a nosotros mismos].
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Sí, es una paradoja preciosa, ¿no crees? Es la paradoja que más me hace sonreír últimamente. Con otras palabras traté de hablarle de ella a Teià el otro día, pero utilizando la ternura como fibra del espacio–tiempo. A ti, en cambio, te hablaré de ella utilizando las palabras de un astrofísico, Simon White, que leí ayer en La Contra de la Vanguardia:
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“Siempre me fascinó la manera en que el universo obedece a las matemáticas: Newton idea una breve fórmula y, con ella, explica cómo se mueven los planetas: algo que a Kepler le llevó toda una vida observar. Einstein describió el universo matemáticamente, pero se enfadaba porque no acababa de encajar... Hasta que Hubble evidenció que estaba en expansión y, entonces, Einstein apreció que no acababa de encajar porque nunca era igual a sí mismo. Las matemáticas no se habían equivocado nunca.”
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Las matemáticas existen, la estructura y las ideas, son; pero como se despliegan, como se ‘expanden’ es el jardín mágico donde se ubica nuestra libertad, y te garantizo que es un jardín precioso porque allí, podemos pintar y crear aprovechando el olvido que nos distancia del lugar de dónde venimos, pero también haciendo uso del recuerdo de lo que somos. ¡Sí! También ese desplegarse es parte de la esencia de esas matemáticas, estos es, nuestra vida, es verdad, una gran verdad, la distancia infinita entre el olvido y el recuerdo.
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¡Ay! Carlota, vamos a dejarlo ya por hoy. He escrito un montón de cosas sobre las que sé muy poquito, y ahora me sonrojo. Esos pensamientos míos están aún muy, muy verdes. No, son del todo inútiles, no obstante. Mientras te describía mis inquietudes actuales, he recordado cuáles eran las cosas que inicialmente había planeado para esta carta.
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Distancia es una palabra que ha aparecido varias veces a lo largo de esta carta. Aparece, porque es uno de los puntos sobre los que se inician mis reflexiones. Distancia es un concepto matemático que da mucho juego, pero también es un símbolo muy bonito de las diferencias entre lo que creemos y lo que sabemos. Distancia, a veces, me parece un símbolo precioso de pregunta.
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Y de una pregunta y de distancia como sinónimo de pregunta, quería yo hablarte. Porque cuando escribí mentalmente esta carta, ya sabía que me iba, sabría que iba a pasar unos meses a muchos quilómetros de ti, y quise entonces decirte, que no te dejes guiar por los convenios. Hazte preguntas, abre y cierra distancias, pero de las reales, no de las de kilómetros. Es cierto que nos separan unos muy muchos kilómetros, pero la distancia entre tú y yo es, no lo dudes, bien chiquita. Nos unen el amor y el cariño, que como tu padre y tu padre, te enseñaran, va mucho más allá de la sangre. Pero también esa distancia ábrela y ciérrala. La sangre, nos pone en contacto, pero somos nosotros al desplegar libremente, ese camino del que te hablaba antes, le damos significado, los que hacemos que cobre sentido. Entiendo eso, llegarás a querer y a sentirte mucho más cerca de los tuyos.
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En esas ando yo aquí sumergido. Aquí vengo, viajando a lomos de mis verbos, para acercarte hasta ti todo mi cariño. Espero pues, que esta sea la primera de muchas cartas y conversaciones entre ambos.
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Un beso de tu tío,
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David
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Pd: ¡cuida de tus papás!

