De niño, cuando en verano regresábamos a la casa del abuelo, por las mañanas solía esconderme debajo de las sábanas hasta que mi madre acudía en mi rescate, o al menos hasta que el aburrimiento vencía al miedo y me decidía a salir, no sin antes, eso sí, haber esperado un buen rato a mamá. En ese tiempo, recuerdo que alternaba los gritos para comunicar que ya estaba despierto con todo tipo de conjeturas sobre cuáles eran las criaturas cuyos pasos hacían crujir las maderas del suelo del desván, las criaturas que de un momento a otro bajarían las escaleras, cruzarían el pasillo y se adentrarían en mi habitación para hacerme vete tú a saber qué.
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No recuerdo sin embargo que nunca llegara a imaginar cuales eran los fines concretos de esas criaturas ni que es lo que me iban a hacer. Me limitaba a escuchar los pasos, asustarme e imaginar quien era quien estaba ahí arriba. No lo creeréis, pero en la mayoría de los dos casos eran dos personas las que bajaban por las escaleras del desván: Epi y Blas. Pobrecitos, fueron las primeras víctimas de mi extraordinaria habilidad para las teorías descabelladas, habilidad que por otro lado, he desarrollado hasta límites insospechables siendo ya un adulto fisiológico, haciendo bueno aquel famoso dicho que dice que toda nuestra vida jugamos en el jardín de nuestra infancia.
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Este y otros muchos recuerdos reaparecieron en mi cabeza cuando regresé el pasado mes a despedirme de mi abuelo. La verdad es que fui un chico previsor y me llevé la cámara. Sabía que no iba a tener muchas más oportunidades de entrar en esa casa. Desgraciadamente, sólo el misterioso quehacer de los adultos, su extraña conducta puede explicar porqué el mismo día que le decía adiós a mi abuelo, tenía que decirle adiós a su casa. ¡Qué infamia!
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Tal es su magnitud que sólo puedo saltármela y hablaros de una sonrisa que me invadió en ese último paseo entre los muros de mi abuelo. Es la sonrisa que acompañó cada fotografía, porque a cada rincón que fotografiaba le nacían miles de recuerdos al instante que me hacían reír hondamente.
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¡Ay! Es ahora cuando de verdad me gustaría ser poeta, para hablaros y contagiaros esa sonrisa, para explorar le melancolía de lo que fue y de alguna manera vive en el presente, pero que por desgracia y al mismo tiempo, nunca más será. Pero yo no soy poeta, ni escritor, ni domino el verbo como me gustaría. Afortunadamente, conozco a un poeta, con todas las letras, quien puede hablaros de esas cosas con maestría, elegancia y sencillez…
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El arroyo
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Este arroyo, Platero, seco ahora, por el que vamos a la dehesa de los Caballos, está en mis viejos libros amarillos, unas veces como es, al lado del pozo ciego de su prado, con sus amapolas pasadas de sol y sus damascos caídos; otras, en superposiciones y cambios alegóricos, mudado, en mi sentimiento, a lugares remotos, no existentes o sólo sospechados.
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Por él, Platero, mi fantasía de niño brilló sonriendo, como un vilano al sol, con el encanto de los primeros hallazgos, cuando supe que él, el arroyo de los Llanos, era el mismo arroyo que parte el camino de San Antonio por su bosquecillo de álamos cantores; que andando por él, seco, en verano, se llegaba aquí; que echando un barquito de corcho allí, en los álamos, en invierno, venía hasta estos granados, por debajo del puente de las Angustias, refugio mío cuando pasaban toros...
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¡Qué encanto este de las imaginaciones de la niñez, Platero, que yo no sé si tú tienes o has tenido! Todo va y viene, en trueques deleitosos; se mira todo y no se ve, más que como estampa momentánea de la fantasía... Y anda uno semiciego, mirando tanto adentro como afuera, volcando, a veces, en la sombra del alma la carga de imágenes de la vida, o abriendo al sol, como una flor cierta, y poniéndola en una orilla verdadera, la poesía, que luego nunca más se encuentra, del alma iluminada.
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de Platero y yo (LXVII), Juan Ramón Jiménez
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No recuerdo sin embargo que nunca llegara a imaginar cuales eran los fines concretos de esas criaturas ni que es lo que me iban a hacer. Me limitaba a escuchar los pasos, asustarme e imaginar quien era quien estaba ahí arriba. No lo creeréis, pero en la mayoría de los dos casos eran dos personas las que bajaban por las escaleras del desván: Epi y Blas. Pobrecitos, fueron las primeras víctimas de mi extraordinaria habilidad para las teorías descabelladas, habilidad que por otro lado, he desarrollado hasta límites insospechables siendo ya un adulto fisiológico, haciendo bueno aquel famoso dicho que dice que toda nuestra vida jugamos en el jardín de nuestra infancia.
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Este y otros muchos recuerdos reaparecieron en mi cabeza cuando regresé el pasado mes a despedirme de mi abuelo. La verdad es que fui un chico previsor y me llevé la cámara. Sabía que no iba a tener muchas más oportunidades de entrar en esa casa. Desgraciadamente, sólo el misterioso quehacer de los adultos, su extraña conducta puede explicar porqué el mismo día que le decía adiós a mi abuelo, tenía que decirle adiós a su casa. ¡Qué infamia!
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Tal es su magnitud que sólo puedo saltármela y hablaros de una sonrisa que me invadió en ese último paseo entre los muros de mi abuelo. Es la sonrisa que acompañó cada fotografía, porque a cada rincón que fotografiaba le nacían miles de recuerdos al instante que me hacían reír hondamente.
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¡Ay! Es ahora cuando de verdad me gustaría ser poeta, para hablaros y contagiaros esa sonrisa, para explorar le melancolía de lo que fue y de alguna manera vive en el presente, pero que por desgracia y al mismo tiempo, nunca más será. Pero yo no soy poeta, ni escritor, ni domino el verbo como me gustaría. Afortunadamente, conozco a un poeta, con todas las letras, quien puede hablaros de esas cosas con maestría, elegancia y sencillez…
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El arroyo
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Este arroyo, Platero, seco ahora, por el que vamos a la dehesa de los Caballos, está en mis viejos libros amarillos, unas veces como es, al lado del pozo ciego de su prado, con sus amapolas pasadas de sol y sus damascos caídos; otras, en superposiciones y cambios alegóricos, mudado, en mi sentimiento, a lugares remotos, no existentes o sólo sospechados.
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Por él, Platero, mi fantasía de niño brilló sonriendo, como un vilano al sol, con el encanto de los primeros hallazgos, cuando supe que él, el arroyo de los Llanos, era el mismo arroyo que parte el camino de San Antonio por su bosquecillo de álamos cantores; que andando por él, seco, en verano, se llegaba aquí; que echando un barquito de corcho allí, en los álamos, en invierno, venía hasta estos granados, por debajo del puente de las Angustias, refugio mío cuando pasaban toros...
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¡Qué encanto este de las imaginaciones de la niñez, Platero, que yo no sé si tú tienes o has tenido! Todo va y viene, en trueques deleitosos; se mira todo y no se ve, más que como estampa momentánea de la fantasía... Y anda uno semiciego, mirando tanto adentro como afuera, volcando, a veces, en la sombra del alma la carga de imágenes de la vida, o abriendo al sol, como una flor cierta, y poniéndola en una orilla verdadera, la poesía, que luego nunca más se encuentra, del alma iluminada.
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de Platero y yo (LXVII), Juan Ramón Jiménez

3 comentarios:
extraño que alguien que hace que me quede apoyando el mentón en mi puño, diga que no le salen las palabras. pues, creo que sí dibujan tus textos. seguimos con la nostalgia y me pregunto, cómo hacemos para detenerla. creo que funciona como bola de nieve. saludos, dr.
siempre nos quedarán los recuerdos. bueno, casi siempre.
me has cogido en buena época, ya vendrán entradas no tan felices.
sigue disfrutando de aquella cama... ;)
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