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Sin embargo, viene sucediendo desde algunas páginas atrás que mis percepciones y las de Ortega divergen. Concretamente, avanzada la segunda parte del libro, “¿Quién manda en el mundo?”, Ortega aduce como una de las razones de la decadencia europea la enorme desproporción que existe entre los diferentes estados y los nuevos problemas aparecidos: mientras los primeros se mantienen encerrados en las pequeñas cajas tradicionales (Inglaterra, Francia, Alemania), los segundos han aumentado hasta convertirse en problemas globales supranacionales, que requieren de soluciones colectivas y no de respuestas individuales.
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No digo yo que el argumento del filósofo español sea erróneo, sino incompleto. Siempre desde mi óptica personal, la decadencia de nuestra sociedad se debe en gran medida a que el aumento exponencial de oportunidades, de la ciencia y la tecnología, la subida de la altura de los tiempos como lo denomina Ortega, no ha sido acompañada por un crecimiento del hombre, de su pensamiento.
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Si bien en un momento dado, albergué dudas sobre el crecimiento continuo del sistema, poco a poco estás retroceden y se disipan. No hay movimiento posible sin una diferencia de potencial que acelere las cargas. Este hecho elemental es lo que se esconde detrás de la necesidad de crecer continuamente: mantener en funcionamiento, en movimiento el sistema. No obstante, sigo creyendo que el sistema hierra completamente al proponer el crecimiento continuo sólo de los elementos materiales: comercio, economía, consumo, ciencia y tecnología, etc. En otras palabras, creo que existe una gran desproporción entre el crecimiento del pensamiento de los hombres y la del marco que los engloba.
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De hecho, no sólo no crecen sino que decrecen. Como bien describe Ortega en la primera parte de “La Rebelión de las masas”, el hombre de nuestros días es todo un señorito que lo exige todo a los demás y nada a sí mismo, vago y conformista, demandante de derechos pero sordo ante sus obligaciones.
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Así pues, dado todo lo dicho hasta aquí concluyo mi segunda entrega de propuestas sumándole una nueva exigencia al sistema alternativo. Este debe potenciar el crecimiento de los hombres, el crecimiento de su pensamiento, debe ahondar en el conocimiento de la especie y su esencia, hacerla más exigente consigo misma y más consciente, sacrificada, comprometida, responsable, etc. Un nuevo esquema de valores que exija la mejora continua del individuo debe ser el motor del nuevo sistema.
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Resumiendo creo que Ortega acierta demandando soluciones que superen las fronteras nacionales, pero pienso que esto no es posible si el pensamiento del hombre no crece hasta alcanzar la altura de los tiempos.

