Miro el horizonte con una idea simple en mente: quisiera ver el mundo sin mis gafas. Puede parecer absurdo, pero no se trata de una pretensión estética. Es más bien, un anhelo existencial.
En verdad es simple. Tan solo necesito llevar la mano a la sien y arrancarlas con decisión. Sin embargo, esta sería una acción prematura e incluso temeraria. El mundo sin gafas se divisa borroso y difuminado. El mundo sin gafas asusta e imprime la desagradable sensación de no tener nada bajo control. Sin gafas, se pierde la confianza que proporcionan los detalles, hasta el punto de sentirse un extraño en casa ajena. Desgraciadamente salvar la barrera que se interpone entre mis ojos y el horizonte a modo de lente, no es tan sencillo como podría parecer en un primer momento.
Estoy acostumbrado a su compañía, a su consejo y a su buen hacer. Con ellas, percibo la gama completa de colores, y gracias a ellas, el más pequeño detalle se proyecta por encima de todo lo demás. Y sin embargo, quiero prescindir de ellas. Busco el contacto directo con la realidad: sin interpretaciones ni correcciones. Estoy huyendo del conocimiento acumulado, de los convenios y las tradiciones. Huyo de la historia, para convertirme en un instante.
Un instante que se repite en mis sueños noche tras noche. Una esfera aislada del pasado y del futuro, un suspiro de auténtica libertad. Un instante en el que, desnudo de miedos, de estereotipos y prejuicios, contemplo el mar en calma. Frente a mí el horizonte inalcanzable. El agua de la orilla refresca mis pies. Las olas me hacen cosquillas en los tobillos y una sonrisa se escapa entre mis labios. Sé lo que me espera al otro lado: empiezo a caminar y sin embargo nunca abandono la orilla. ¿Qué bobo verdad? Inalcanzable significa, quizás, sometido al espacio y al tiempo, a sus ligaduras.
Es por eso que deseo desprenderme de mis lentes. Para olvidar el significado de inalcanzable, para perder el miedo a las arañas, y para olvidar que el blanco es color de la carne. Para dar un paso y atrapar entre mis brazos mi sueño.
Pero mi sueño sin gafas, como dije, se ve borroso y disperso. Necesito del pensamiento para comprender, necesito de la historia para recordar y entender. Mi sueño nació bajo ellas, y fuera de ella no es ni siquiera algo que sepa reconocer.
¿Gafas sí o gafas no? ¿Por qué sólo dicotomía? ¿Por qué una respuesta cerrada? Ingenuamente, puedo buscar un camino alternativo, paralelo. No puede tratarse de una auténtica solución, sería salirme de mi propia existencia, pero sí avanzar en un orden la aproximación.
Puedo explorar el firmamento con mi telescopio, en busca de una puerta o de una salida. Puedo emplear un microscopio para ver la latir a mi corazón y tratar de comprender mi propia vida. Puedo también usar lentillas y fingir así que lo comprendo todo. Incluso, yendo más lejos puedo hacer uso del avance último de la tecnología para compensar mi miopía y decirle al mundo, con voz alta y clara, que soy otro, un ser nuevo de perfecta visión, que no necesita ni de gafas ni de cualquier otro ingenio óptico.
Puedo también jugar a piratas, y en mi barco, catalejo en mano, explorar mares y cruzar el horizonte de aquí para acá. Vivir aventuras, conversar en lenguas casi perdidas con pueblos indígenas de selvas vírgenes, de desiertos inhóspitos. Puedo visitar el último rincón de la tierra o puedo permanecer mansamente sentado en una butaca, junto a la ventana, viendo las gentes pasar, y el tiempo discurrir. Puedo ser un soso sin ambición o un amargado recluido, que con sus prismáticos, espía y envidia. Ocupar el lugar de un viejo aturdido y asustado, e incluso, situarme tras la piel de un joven muchacho y ver con esperanza ingenua, con ilusión y curiosidad.
O puedo no hacer nada. Dejar el tiempo pasar y mi miopía correr descontrolada, y mis lentes quedarse desfasadas, insuficientes y derrotadas. Y el mundo borroso de nuevo, emulando la ausencia de conocimiento, de lógica o razón, e incrustarme en el recuerdo que impone una única sensación: el de una aplastante victoria contra todo y todos.
Ya veis que somos libres. Libres para tomar el papel y dibujar una puerta, cada uno a su manera, colorearla con entusiasmo y luego, con decisión y firmeza, dar un salto y entrar en el papel hacia una realidad paralela. Ya veis que somos libres para crear nuestro propio hormiguero y esconder en sus túneles nuestros pensamientos, sentimientos y sueños. Ya veis que somos libres para creer que somos libres. En última instancia, detrás de gafas, telescopios, microscopios, catalejos, lentillas y prismáticos están los ojos, que no sólo se rigen por los mismos principios que las lentes, sino que todo están controlados por el órgano del gran poder (exclúyanse pues de la lista de seres libres también los ciegos fisio y psicológicos).
A estas alturas, lo de las gafas me parece irrelevante y secundario. Pero aun así, y pesar de todo, no consigo desprenderme del anhelo de librarme de ellas. Será quizás, porque necesito olvidar. Quizás porque necesito aprender… o quizás porque me encuentro frente a un mundo que no alcanzo a comprender. O simplemente erré en el diagnóstico. ¿Gafas sí? ¿Gafas no? ¿Es esa la verdadera cuestión?