Hoy, de noche, sigue mi viaje entre dudas y confusión. Nunca la sensación de estar avanzando fue mayor, y sin embargo una cierta tristeza me embarga antes de ir a dormir. Mi buen amigo Mario, tras nuestra comida de hoy, me ha escrito porque me ha notado preocupado y se ha quedado intranquilo.
En parte tiene razón. Mis cavilas, pese a haberme alegrado los últimos tiempos, tienen algo también de oscuro. Me siento hoy, muy lejos de la gente que me quiere, y del mundo en general. Poco a poco, un mensaje cala en mí. Mis capacidades son las que son, hay cosas que me cuesta horrores entender, y las que alcanzo a entender probablemente sean falsas e incompletas. No obstante, esto último no importa. Porque en ese proceso de discusión, de vivir cada cual según lo que tiene, he encontrado aquello que creo es la felicidad.
Ahora por ahora, sin embargo, ese mensaje tan positivo permanece aún incompleto. No sé trata de borrar el deseo, de conformarse con todo, ni tampoco de depender de él. ¿Dónde está el punto intermedio? O mejor dicho, ¿Cómo encajar dos piezas que por separado son ciertas, pero que aún no sé encajar en una única forma con sentido global?
Esta dualidad me persigue. Hoy mismo mataría a mi propio yo, y con él a mis debilidades, con él mis cobardías y mis miedos, el yo humano, para que después de su muerte, resucite un hombre nuevo. Así se ha de salvar mi alma, y con ella la tuya, y con la tuya, la de todos.
El todo por la parte. Así, es Dios, un hombre, un solo hombre de carne y hueso, porque sin el hombre, igual que sin los árboles o los mares, el mundo no se podría entender, sería otra cosa. Pero otra cosa, implica contar, y contar es parte del hombre. El todo por la parte. Metonimia.
La metáfora de la muerte y la resurrección, que no he escrito yo, que es la última pieza que me quedaba por encajar para comprender mi cristiandad literaria y cultural cierra este capítulo.
No voy a morir de forma eterna. Moriré en cado uno de mis rezos por cambiar el mundo. Mis rezos, mis pasos, mi lucha por un mundo mejor, por una sociedad más justa, por un David Bote más equilibrado. Moriré en cada una de mis plegarias, para resucitarme en la esperanza de que los cambios en mi corazón sean cambios en el mundo. El todo y la parte. Cambio yo, cambia el mundo. Morir y resucitar, instante tras instante, así ad infinítum, porque si infinitas veces puedo perecer y volver a la vida, infinitas veces puedo cambiar. Se convierte así la posibilidad del cambio en infinita y la posibilidad de que el bien se ha derrotado por completo, cero. Utopía no es la meta, es el camino.