Mi casa, desnuda de arte y joyas, es morada de reflexión y pensamiento, museo de recuerdos y nostalgia, océano de miradas a través de la ventana; las ideas, emigrantes de chaqueta de pana y maleta de cartón, escapan a un horizonte lejano de color sueño y fragancia eternidad. Son rayos de luz cruzando la fina frontera cristalina de la propia existencia, imperceptible pero rígida; chispas que huyen de un pasado ya escrito para iluminar un futuro consecuente que aún ha de venir.
Mi casa, de paredes blancas y rincones profundos esconde en el vacío de su apariencia austera la puerta del más allá, un paraíso de esencia seca, plena, sin respuestas, pero también sin preguntas. Mi casa no es ni principio ni fin, es posada de sabanas frías, es alto en el camino, descanso de éste alma en viaje, entre estrellas, entre árboles, entre hombres y mujeres.
Mi casa, común entre comunes, adolece del orden de la causa como todas las demás. La primera brisa del amanecer agita las cortinas de sus ventanas mientras los primeros rayos ya mueren en sus muros de piedra. Ya al mediodía, el mariscal rojo se bate en armas con la cáustica cal que cubre, éste, mi apacible hogar, rincón de recogimiento y discurrir pausado. Muerto el día, acabada la jornada sólo el silencio se oye ya en la sala, la proyección de estrellas ha de comenzar. Hoy un regreso tras varios siglos de ausencia. Un cometa luce rápido frente a mis ojos, mientras intenso desaparece envuelto en aires de misterio e intriga. Su imagen retenida en mi mente, interroga al consejo cerebral: ¿Ha llegado ya?
Al visitante le espera pan y agua, sábanas de tergal y cama de colchón de lana. Frío en invierno, calor en verano en esta casa sin lujos. Humilde y sencilla, en mi casa no hay ni habrá imágenes de oro. Sólo una pequeña cruz de madera adorna la estancia principal, símbolo de reflexión y de la eterna pregunta.
No puedo regalarte lo que no tengo, lo que tampoco quiero. Soy hombre pobre de palabras escogidas y gestos ocultos, apacible soldado jubilado, antiguo mercenario de las más injustas de las justas causas. Las cicatrices aún yacen a flor de piel, esquelas eternas de las víctimas sucumbidas al poder del avance ficticio, a las frenéticas guerras. Las viejas heridas perduran, pero las armas quedaron atrás: te ofrezco la paz de mi silencio. Aquí no busques ni la aventura ni el riesgo. He aprendido a vivir quieto, solo mi alma viaja más allá de mis paredes. Sólo mi alma se aleja, soñadora, inquieta, en buscas de los límites de la razón.
Soledad. No esperes compañía: tengo pocas visitas y de mí, de mí no debes esperar ni al mejor de los hombres, ni al más cruel de los villanos. Aquí nadie es relativo, nadie se somete al rasero de la medida. En mi casa, entre mis paredes solo vale la propia existencia. Te llamaré por tu esencia y nada más, ese será nuestro lazo.
Te ofrezco la nada. Un camino vacío. Corre, apresúrate, mi mano cálida, tendida espera con ternura, la sonrisa de tu llegada.

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