Sucede que el hombre, el ser humano tiene un miedo terrible al silencio. El silencio huele como la nada, y su perfume de matices de ausencia y vacío asusta al más valeroso de los hombres.
Sucede que el miedo nos somete al tiempo, y su a dictamen progresivo nos sometemos con reparos pero sin oposición. Sucede que vivir nos caracteriza, sucede que el miedo nos hace hombres. Miedo y tiempo se funden, y en ese transcurrir acoplado, el miedo que sentimos, que necesitamos, que nos traza el camino por el que discurrimos, nos avergüenza.
Sucede que ese bochorno nos hace sentir culpables, y nos corroe las entrañas, obligándonos casi sin pensarlo a llenar el silencio con palabras. Sucede que el miedo acelera el pulso, y desconcierta el ritmo. Sucede que bajo los efectos del miedo, nos tambaleamos y hablamos con dificultad, tartamudeamos, balbuceamos palabras que no hemos reflexionado, que no son nuestras, que pintan pero no dibujan, palabras sin contorno, palabras que vienen al caso de la apariencia, pero no al de la esencia real que se esconde detrás de todas las cosas.
Sucede, sucede una y otra vez que nuestra manera de sobrevivir ahoga las palabras, las asfixia y las condena a la más cruel de las muertes. Poco a poco, conversación tras conversación, discurso tras discurso su esencia, su significado mueren, caen en el olvido profundo de una definición casi perdida, casi muerta.

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